por qué cuesta tanto tomar decisiones
Tomar decisiones es una de las habilidades más cotidianas y, al mismo tiempo, más desafiantes que enfrentamos como seres humanos. Desde qué desayunar por la mañana hasta si debemos cambiar de trabajo o terminar una relación, nuestras vidas están compuestas por una serie continua de elecciones. Algunas pequeñas, otras que pueden cambiar el rumbo de nuestra historia.
Pero, ¿por qué, si decidir es tan natural, muchas veces se siente como una carga tan pesada?
El miedo detrás de cada elección
La raíz de la dificultad para tomar decisiones suele estar en el miedo. No siempre lo llamamos así, pero ahí está: miedo a equivocarnos, a arrepentirnos, a no estar a la altura de lo que decidimos, o incluso miedo a perdernos lo que no elegimos. Esto último tiene nombre: el famoso FOMO (Fear of Missing Out), o miedo a perdernos de algo mejor.
En muchas ocasiones, confundimos la toma de decisiones con la obligación de predecir el futuro. Queremos garantías, certezas, promesas de que si tomamos el camino A, todo saldrá bien. Pero la vida no funciona así. Y tal vez por eso, a veces preferimos quedarnos en la duda, en la indecisión, pensando que así evitamos el error… aunque en realidad, también estamos evitando avanzar.
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