Pautas para padres: rabietas y desafíos en la infancia
(Basado en el libro Rabietas de Miriam Tirado)
¿Qué son las rabietas?
Las rabietas son explosiones emocionales normales en el desarrollo infantil. Expresan enfado, frustración, rabia o impotencia que el niño aún no sabe gestionar debido a su inmadurez cerebral y emocional.
Suelen aparecer alrededor de los 2 años (aproximadamente) y pueden durar hasta los 4 o 5 años.
En esta etapa el niño:
- Empieza a afirmarse como persona independiente.
- Descubre su individualidad.
- Utiliza el “NO” como forma de diferenciarse. Contesta a todo que no porque empieza a tener intereses diferentes y expresa lo que “no es”, ya que todavía es pequeño para entender lo que “es”.
- No tiene suficiente lenguaje ni desarrollo cerebral “límbico” para regular sus emociones porque esta parte no se ha desarrollado todavía.
- Tampoco ha adquirido la teoría de la mente, que empieza a desarrollarse hacia los 3 años, por lo que cree que lo que él piensa es lo que todos piensan. No es egoísmo, es etapa madurativa.
El llanto es su lenguaje primario. Aunque ya hable (tenga 2 o 4 años), cuando se desborda, recurre al llanto.
El llanto nos activa biológicamente, estamos diseñados para responder al llanto del bebé lo más rápido posible, queremos que pare cuanto antes, porque eso garantiza su supervivencia.
Sin embargo, esta activación, cuando son más mayores, nos provoca lo contrario: nos activa, pero negativamente. Y esto nos lleva a querer que acabe sin escuchar ni comprender qué le pasa.
Las rabietas no son malas. Son señal de desarrollo normal.
¿Debemos calmar la rabieta?
Se propone acompañar la rabieta: no juzgar, empatizar y validar, ayudando al niño a gestionar sus emociones para un desarrollo emocional sano.
Calmar no significa impedir, reprimir, ignorar, gritar, castigar o negar la emoción.
Sí significa acompañar, validar, empatizar y ayudar a gestionar emociones.
CLAVE 1: Identifica la necesidad no cubierta
La mayoría surgen por una necesidad primaria no satisfecha.
Necesidades primarias:
- Fisiológicas (sueño, hambre, higiene, contacto).
- Emocionales (seguridad, protección, sentirse escuchado).
- Motrices (movimiento y autonomía).
- Pertenencia y amor.
- Mentales (juego, aprendizaje, estimulación).
Muchos “caprichos” esconden necesidades básicas. Pregúntate si tiene hambre, sueño, necesita atención o está sobreestimulado.
El simple hecho de crecer no ofrece a los niños de forma automática la habilidad y la madurez para reconocer y controlar sus emociones. Eso nos toca a nosotros. La solución es satisfacer la necesidad primaria no cubierta.
CLAVE 2: Prevenir antes que lamentar
- Anticípate con descanso, snacks o entretenimiento.
- Modera el uso del NO. ”No hagas esto, que vas a caerte, no toques esto…” Los niños necesitan libertad y autonomía. Explorar es necesario.
- Pon límites claros y no cedas cuando el límite sea necesario. Cuando sea que no, no cedas. Explícale el porqué del no, pero no cedas en el límite.
- Presencia. Pasa tiempo real con tu hijo.
- Ayuda a descargar energía antes del estallido. Cuando veas que está a punto de estallar, propón una guerra de almohadas, una carrera por el pasillo, etc.
- Relativiza y no añadas frustración innecesaria. ¿Realmente es tan importante impedir o no otorgar/dar aquello que te está pidiendo tu hijo?
CLAVE 3: Límites (pocos, claros y coherentes)
Los límites dan seguridad.
Tipos:
- Naturales. La altura de un niño es un límite a la hora de alcanzar un objeto alto.
- Personales (normas de casa). Cada familia tendrá sus normas, como por ejemplo: no comer con la tele puesta.
- No negociables: no hacer daño a otros, a animales u objetos, ni a uno mismo.
Los límites deben ser:
- Límites claros. Analiza cuántas normas hay en casa; si son más de tres, son muchas. Los límites en exceso impiden un desarrollo libre.
- Coherentes. Deben respetar las necesidades básicas y primarias de tus hijos y las tuyas, y ser acordes a su edad. Además, deben explicarse sin imposición, haciéndoles partícipes y dando ejemplo con coherencia en casa.
- Conocidos. Deben ser sencillos y ser explicados acorde a la edad de tu hijo, comunicados con antelación y conocidos por todos los miembros de la casa.
- Flexibles (no permisivos). Las normas no son estáticas, evolucionan, algunas desaparecen, otras se crean en función del desarrollo familiar. Pero siempre, deben ser respetuosas y flexibles.
- Llegar a acuerdos o negociaciones. A partir de los 3-4 años, puedes llegar a acuerdos con las normas, salvo las no son negociables. Cuando les haces partícipes, les explicas el porqué y les pides su opinión, es más fácil que las acepten.
Y recuerda: los niños no aprenden a la primera. Si tu hijo se salta un límite, se lo recuerdas con calma, con amabilidad, y con amor, tantas veces como sea necesario. Un niño pequeño puede tardar dos años en asimilar una norma.
CLAVE 4: Comparte tu calma
En plena rabieta el niño no puede razonar. Tú sí. Para, respira, no verbalices tu primer impulso y sé modelo de regulación emocional.
Si tú pierdes el control, no le enseñas a gestionarlo. Tu calma hará que tu hijo, poco a poco, recupere la suya. Desbordarte tu mism@ ante una rabieta no solo no resuelve la rabieta, sino que lo que enseñas a tu hijo es que su figura de apego, de referencia, su modelo, no es capaz de controlarse. Si tú no te controlas ¿cómo pretendes que lo haga tu hijo?
CLAVE 5: Acompaña
No podemos corregir en plena rabieta. Primero debes acompañar a tu hijo en la gestión de sus emociones y del conflicto interno que está sufriendo.
- Ponte a su altura, valida la emoción y no razones en ese momento. Busca qué está necesitando tu hijo, cuál es la necesidad no cubierta, y conecta con él o ella.
- Si acepta contacto físico, abrázalo y contiene con firmeza si es necesario. Si no, mantente cerca y presente. Acompáñalo sentándote a su lado, a su altura, con lenguaje corporal abierto y tono calmado.
- Si pega o lanza patadas, puede estar rechazando el contacto o, al ir detrás de ti, buscando atención sin saber pedirla. Con amabilidad y firmeza, puedes contenerlo para evitar daño y explicarle que lo quieres y entiendes su enfado.
- Siempre respeta su deseo para educarlo en el respeto al cuerpo y en la autonomía corporal.
Errores frecuentes:
- Negar la emoción: “no ha sido nada”, “los niños grandes no lloran”, Permite a tu hijo a expresarse con el llanto.
- Razonar en pleno desborde: en plena rabieta, explicar a tu hijo cómo solucionar el “problema”. Espera a que tu hijo esté receptivo.
- Amenazar o chantajear: “si no paras de llorar / si paras de llorar te compro…”No solo tapas la emoción y niegas el sentimiento, sino que tu hijo percibirá que solo recibirá tu amor si cambia, si no es él mismo.
- Ignorar. Este es uno de los peores errores que podemos cometer. Cuando ignoras una rabieta, le estás diciendo a tu hijo: “no expreses tus emociones, no nos gusta”. Provocamos indefensión, fracaso, falta de confianza, disminuye la autoestima…
- Gritar. No puedes pedirle que deje de gritar a gritos. Los gritos tienen efectos negativos en los niños: miedo, desconexión, mal ejemplo, desconfianza…
- Ceder límites importantes. Sé inflexible cuando haya que serlo (el NO es sagrado).
- Distraer para evitar sentir: Cuando distraes a tu hijo para evitar o reducir una rabieta, no solucionas la causa. Ésta se queda tapada, y la emoción contenida.
CLAVE 6: Validar
Validar es permitir la emoción (todas las emociones son necesarias), poner palabras a lo que siente, empatizar y no juzgar.
“Los adultos fuimos niños, los niños nunca han sido adultos… ¿quién debe ponerse en el lugar de quién?”
Validad no es negociar, ignorar, distraer, juzgar, minimizar o etiquetar (“eres muy caprichoso”). Tampoco debes añadir un “pero es que” y explicación: por qué ahí ya no estamos validando.
Ejemplo:
“Estás enfadado porque querías la galleta y mamá no te la ha dado. Es normal sentirse así cuando no tenemos lo que queremos, cariño. A mamá también le pasa”
CLAVE 7: Reconectar
Cuando se calme, abraza, dile que lo quieres juega y reconecta. Primero conexión, después educación. No es el momento de dar sermones, es el momento de expresarnos, de querernos, de hacer que ría. De hacer que conecten sus dos hemisferios y vayan al unísono.
CLAVE 8: Dar alternativas
Una vez tranquilo, ofrece dos opciones, dale sensación de decisión y explica tu necesidad con respeto.
Por ejemplo: Es la hora de cenar y tu hijo no quiere ir a cenar porque está dibujando:
- “Veo que estás concentrado dibujando y te estás esforzando mucho” – capto atención, conecto.
- “Estás enfadada porque quieres acabarlo. A mí también me gustaba mucho dibujar y me enfadaba cuando me interrumpían” – valido sentimientos, empatizo sin juzgar.
- “Pero ahora es la hora de la cena y en casa nos gusta cenar juntos” – marco límite y normas en casa.
- “Si te parece, puedes terminar rápido y en 5 minutos ir a cenar o, después de la cena, nos sentamos un rato a terminar el dibujo. ¿Qué prefieres?” – ofrezco alternativas.
Ahora estamos dando poder de decisión al niño. Cuando tu hijo siente que ha decidido qué hacer, se siente importante. Con niños mayores de 6 años, puedes omitir las alternativas y buscar soluciones juntos.
CLAVE 9: Cuida el tono emocional
Los padres son el modelo de sus hijos: El tono impacta más que las palabras. Tu hijo aprende quién es por lo que sus personas de referencia (mamá y papá) le dicen que es. Evita gritos, amenazas, frases invalidantes, chantajes, “te lo dije”; denota desconfianza, “no pasa nada”, “Deja, ya lo hago yo”, “Tranquilo, no llores”. El ejemplo educa más que el discurso.
CLAVE 10: No te lo tomes como algo personal
Tu hijo no tiene rabietas para fastidiarte. Una vez que tenemos claro qué es una rabieta y por qué se produce, lo último que debes hacer es tomártelo como algo personal.
No manipula ni desafía intencionadamente. Es una etapa evolutiva. Las rabietas forman parte del crecimiento.
Tu hijo crecerá, madurará y dejara de tener rabietas (aunque tendrá enfados, como todo el mundo), y dejará de tener rabietas cuando esté preparado para ello, ni antes ni después.
Nuestra forma de acompañarlo en esta etapa es determinante para nuestra relación con ellos, y más todavía, para el desarrollo de su autoestima, su autoconcepto y su confianza en ti y en si mismo; Por eso no debes correr y tratar de que esta etapa acabe antes de lo que le corresponde.
¿Cuándo educamos?
Educamos cuando todo ha pasado y ambos están tranquilos. Explícale cómo te sentiste, qué alternativas hay y refuerza los límites con comunicación positiva. La mala conducta suele ser consecuencia de falta de habilidades o de un desborde emocional.
Si quieres que tu hijo aprenda a regularse, primero regúlate tú.
Las rabietas son parte del crecimiento. La forma en que las acompañes influirá en su autoestima, confianza y vínculo contigo.
Si tu hijo tiene rabietas, está creciendo de forma normal.
“Quiéreme cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite.”
