Entre la crianza y nuestras emociones
Descubriendo nuestra mochila emocional
Ser padre o madre es un desafío constante. No existen manuales universales ni fórmulas mágicas: cada hijo y cada familia es diferente. Muchas veces pensamos que los problemas que surgen en la adolescencia de nuestros hijos son solo de ellos, pero en realidad, nuestra propia historia, emociones y aprendizajes —lo que llamamos la “mochila emocional”— también influye en la relación con nuestros hijos.
¿Qué es nuestra mochila emocional?
Es todo lo que llevamos dentro: experiencias pasadas, heridas de nuestra infancia, patrones de apego, creencias, miedos, frustraciones y emociones no resueltas. Todo esto impacta cómo reaccionamos ante los hijos, qué límites imponemos, cómo nos comunicamos y cómo interpretamos su comportamiento.
Reflexión clave: Antes de juzgar o corregir a nuestros hijos, es importante preguntarnos:
- ¿Esto que me molesta es un problema de mi hijo, o es un reflejo de algo mío?
- ¿Cómo influye mi propia historia en cómo veo sus errores, rebeldías o emociones?
El duelo parental durante la adolescencia
Como padres y madres, es normal sentir miedo y desconcierto ante los cambios de la adolescencia, llegando a cuestionarnos si reconocemos a nuestros hijos o qué hicimos mal. Durante esta etapa, los adultos atravesamos un duelo, ya que el hijo que conocíamos en la infancia cambia al iniciar un proceso de búsqueda y construcción de su identidad.
El duelo no solo se relaciona con la muerte, sino también con pérdidas y transformaciones importantes. En la adolescencia, implica aceptar los cambios en la apariencia, gustos, forma de comunicarse, intereses y relaciones de los hijos. Y nosotros, para llegar a aceptar este proceso, pasaremos por diferentes fases:
- Negación: “No puede ser que haga esto…”
- Ira: “¡Esto no es lo que le enseñé!”
- Negociación: “Quizá solo fue una vez, no pasa nada…”
- Tristeza: “Echo de menos al niño que era…”
- Aceptación: Reconocer que nuestro hijo es un ser distinto, con fortalezas y errores propios.
- Aprendizaje: Extraer enseñanzas de la experiencia y adaptarnos a la nueva etapa.
Estas fases no son lineales y dependen de cada una de las personas, con lo que se pueden vivir de forma distinta.
Ejemplo: Cuando un adolescente quiere salir a la playa solo por primera vez, como padre puedes sentir miedo, ansiedad y culpa. La clave no es prohibir automáticamente ni sobreproteger, sino acompañar, poner límites coherentes y permitir que aprenda a manejar riesgos dentro de un marco seguro.
El malestar en la relación padres–hijos puede estar relacionado con la historia personal de los padres (apego, crianza recibida, personalidad, autoestima, experiencias vitales o trastornos emocionales) y con las propias exigencias de la paternidad, como el cansancio, los miedos, la sobreprotección y la pérdida o transformación de la identidad personal y de las relaciones.
La presión por “ser buenos padres” genera ansiedad y frustración. Frente a ello, el modelo de la madre suficientemente buena propone no la perfección, sino una adaptación adecuada a cada etapa del hijo, permitiendo frustraciones necesarias para su desarrollo. Criar, especialmente en la adolescencia, implica equivocarse y aprender, haciendo lo mejor posible con los recursos disponibles.
